Desigualdad y pobreza: retos para una cobertura con equidad

*Patricio Solís
(Parte 2 . Cobertura Educativa)
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Para mejorar la cobertura educativa en México es necesario atacar el rezago acumulado en todos los niveles educativos, pero esto implica confrontar el obstáculo que representan la pobreza y la desigualdad social.
Concentrados principalmente en los niveles de pobreza, frecuentemente olvidamos que no sólo somos un país con una alto porcentaje de pobres (46.2% en 2010, según cifras del CONEVAL), sino que también padecemos altos niveles de desigualdad social. Si miramos por ejemplo a la desigualdad en el ingreso, encontramos que México es el segundo país con mayor desigualdad de la OCDE (sólo por debajo de Chile), con un índice de Gini de 0.48 y una diferencia de ingresos de casi 10 a 1 entre el 10% de hogares más ricos y más pobres del país.
La combinación de altos niveles de pobreza y desigualdad es un obstáculo para la expansión de la cobertura educativa. No sólo porque es difícil incrementar la cobertura en contextos socioeconómicos donde abundan las privaciones y por tanto la escuela compite con el trabajo infantil y juvenil, sino también debido a que es difícil establecer condiciones equitativas de acceso y calidad en un entorno en el que predominan las desigualdades económicas, sociales y culturales.
En este sentido, la máxima de que a una sociedad pobre y desigual le corresponde una educación pobre y desigual se presenta como destino anunciado. En ausencia de un horizonte cercano que permita prever mejores y más equitativas condiciones socioeconómicas, parecería que sólo se le puede hacer frente con políticas que busquen de forma mucho más agresiva nivelar el terreno del acceso y la calidad en la educación.
Para formarnos una idea del reto que representan la pobreza y la desigualdad para la cobertura educativa, conviene echar una mirada a los datos de progresión escolar que reporta la Encuesta ESRU de Movilidad Social 2011 (EMOVI 2011). Esta encuesta, de alcance nacional y próxima a ser publicada por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, nos permite reconstruir el estrato socioeconómico de la familia de origen y las trayectorias educativas de los entrevistados. Los datos de la gráfica contrastan la progresión escolar de los entrevistados entre 25 y 34 años de edad provenientes del 25% de familias con menor y mayor nivel socioeconómico.
En el inicio de la trayectoria educativa las brechas socioeconómicas son casi imperceptibles: 97.2% de los entrevistados del estrato bajo completaron un año de primaria, frente a 98.8% en el estrato alto. En este sentido, es justo afirmar que las desigualdades en las oportunidades de ingresar a la escuela primaria han prácticamente desaparecido. Pero este es el único hito de equidad en las trayectorias educativas, pues desde ahí las brechas en la progresión escolar no hacen más que crecer. De hecho, ya son importantes al terminar la primaria, pues sólo 81.7% en el estrato bajo logran alcanzar este objetivo, frente a 96.5% en el estrato alto.
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Entre la finalización de la primaria y el primer grado de secundaria las desigualdades se amplían dramáticamente, pues mientras nueve de cada diez jóvenes del estrato alto lograron terminar un año de secundaria, menos de la mitad de los del estrato bajo alcanzaron este punto, una razón de 1.8 a 1. Es de llamar la atención que en este breve periodo y tan temprano en la vida se presente tal diversificación en los destinos educativos. Este es el resultado de las deficiencias en las tasas de absorción de la educación secundaria, que si bien tuvo mejoras en las cohortes más jóvenes, evidentemente mostraban (y siguen mostrando) un marcado perfil de desigualdad social.
Las brechas socioeconómicas no sólo persisten sino que se acentúan en los niveles medio superior y superior: 73.9% en el estrato alto terminaron un año de bachillerato, frente a sólo 22.1% en el estrato bajo (una razón de 3.3 a 1), y 42.1% en el estrato alto tuvieron acceso a la educación superior, frente a 7.0% del estrato bajo (6 a 1).
Como consecuencia de esta acumulación progresiva de desigualdades, en la medida en que se avanza en los niveles educativos el acceso a la educación se torna más exclusivo para los niños y jóvenes provenientes de familias con mayores niveles socioeconómicos. El pináculo de la inequidad es la educación superior, que a pesar de ser ofrecida mayoritariamente por instituciones públicas, es en esencia una educación para las clases medias y altas de este país. Los datos de la EMOVI 2011 nos indican que de cada 100 jóvenes que asistieron a nuestras universidades y planteles tecnológicos superiores, 52 provenían del cuartil socioeconómico más alto, 39 de los dos cuartiles intermedios, y tan sólo 9 del cuartil más bajo.
Habrá quien argumente que el acceso a la educación superior no es un derecho de todos, sino un premio al esfuerzo y las habilidades personales. Que los estudios avanzados son para los estudiantes avanzados, y que para eso existen mecanismos de acceso como los exámenes de admisión, que premian a los aspirantes a partir de su desempeño y no de la cuna de la que provienen. Se suele olvidar que aunque la correlación no es perfecta, el origen y el mérito van de la mano, de tal forma que incluso con diseños institucionales “meritocráticos” inclinamos la balanza hacia los más privilegiados. También se deja de lado que en condiciones de alta desigualdad social también las aspiraciones educativas se forjan a la luz de la pobreza y la exclusión, lo que lleva a muchos jóvenes con desventajas de origen a reducir sus expectativas, sin siquiera darse la posibilidad de aspirar a continuar sus estudios superiores o de hacerlo en una institución de mayor calidad.
Es justo aquí donde radica el gran reto para poner en práctica una política exitosa de ampliación de la cobertura educativa con equidad social. No se trata tan sólo de “abrir más lugares” o nuevas escuelas, sino de garantizar que las nuevas plazas sean equivalentes en calidad y se distribuyan de forma tal que favorezcan la equidad social, contra un entorno de fuertes inercias que favorecen la reproducción de la pobreza y la desigualdad.
En la educación superior, esto nos lleva inevitablemente a poner sobre la mesa de discusión dos principios que en las condiciones actuales cuesta trabajo conjugar: la calidad y la equidad. ¿Debemos impulsar políticas de acceso basadas exclusivamente en las habilidades y capacidades individuales, sin importar que esto refuerce la reproducción de la desigualdad social? ¿O debemos regular el acceso mediante programas de “acción afirmativa”, que otorguen tanto valor a la equidad y la inclusión social como a las habilidades académicas?
* Sociólogo y demógrafo. Profesor-investigador del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México.
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