Reforma educativa en serio: más allá de los parches

Blanca Heredia*
En 1983 la Comisión para la Excelencia Educativa, conformada durante el gobierno de Ronald Reagan, publicó el estudio Una nación en riesgo. El estudio hizo pública la gravedad de los problemas que enfrentaba la educación en Estados Unidos y dio lugar a una ola creciente de debates, reformas de fondo e iniciativas sociales profundamente innovadoras que han venido transformando tanto la estructura del sistema educativo norteamericano como la agenda del debate sobre educación a nivel internacional.
Casi 20 años más tarde, en México, la publicación de los resultados de los estudiantes mexicanos en la primeras prueba PISA de la OCDE en los años 2000 y 2003 sirvió para visibilizar y colocar en el debate público los gravísimos déficits de calidad, acceso y equidad de la educación básica en el país. La magnitud del desastre revelado por esas cifras coadyuvó a impulsar reformas importantes, tales como la introducción de pruebas nacionales de logro académico (ENLACE y ESCALE), la creación del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación y, más recientemente, la evaluación docente y la reforma de la educación media superior. Los resultados de PISA y los primeros de ENLACE contribuyeron también a fortalecer y multiplicar el número de actores sociales involucrados en promover mejores resultados educativos.
Hay mucho que celebrar en este ímpetu reformador y en la centralidad que ha ido adquiriendo en el debate público el tema educativo. Los resultados concretos en términos de calidad, acceso, equidad y pertinencia del sistema educativo, sin embargo, siguen siendo extraordinariamente deficientes. A este paso, no nos van a alcanzar ni nuestra vida ni la de nuestros hijos para resolver el problema.
En México, como en muchas otras partes del mundo, la estructura y la operación del sistema educativo no giran, en realidad, en torno a los alumnos y sus aprendizajes. El sistema en su conjunto fue creado para alcanzar objetivos y responder a necesidades muy distintas a las actuales y su funcionamiento parece diseñado para atender, sobre todo, los intereses y requerimientos de sus administradores. Dentro del sistema de educación pública, por ejemplo, ni los estudiantes ni los maestros tienen muchas opciones. Los alumnos tienen que ingresar a la escuela que les toca según su lugar de residencia y los cupos disponibles. Si esa escuela no les funciona, tanto peor para ellos. Los maestros cuentan con limitadísimos márgenes de maniobra para innovar y, dado el sistema de reglas imperante, ser un docente excelente supone arriesgar mucho y ser bastante heroico.
Para mover los resultados del sistema educativo y lograr que la educación sirva para impulsar, por ejemplo, mayor crecimiento económico resulta urgente pensar en innovaciones que nos permitan transitar de un sistema fundado en el cumplimiento de reglas y controles burocráticos a un sistema centrado en los aprendizajes de los alumnos. Para una transición de ese tamaño hace falta animarnos a dejar atrás la idea de parchar lo existente y empezar a imaginar un sistema nuevo capaz de hacer de las necesidades presentes y futuras de los alumnos su brújula básica. Se me acaba por hoy el espacio, pero seguiré sobre este tema las próximas semanas.
*Profesora-investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económicas.
bherediar@yahoo.com
Artículo publicado en La Razón.






