El problema con la educación en línea

Por Mark Edmundson*
“Ah, tú eres profesor. Debes aprender tanto de tus alumnos”
Esta frase, la cual he escuchado en varias configuraciones, siempre me hace retorcer. ¿Acaso la gente piensa que los abogados aprenden mucho acerca de leyes de sus clientes? ¿Que los pacientes le enseñan mucho a los doctores, acerca de lo que saben sobre medicina?
Aún así el latente sentimiento que nuestros estudiantes son nuestros maestros, es una verdad importante. Nosotros, de hecho, necesitamos aprender de ellos, pero no acerca de la historia del imperio romano o las políticas de “El Paraíso Perdido”. Entender qué es aquello que los estudiantes tienen para enseñar a los maestros puede ayudarnos a lidiar con uno de los más molestos asuntos que enfrentan ahora las universidades: la educación en línea. En mi escuela, la Universidad de Virginia, este asunto generó más que molestia entre nosotros; estuvo cerca de destruir en pedazos la universidad.
Unas semanas atrás, nuestra presidente, Teresa A. Sullivan, fue despedida y después re instaurada por mayoría en la junta de visitadores. Una razón para su despido fue la percepción que no se estaban dando pasos lo suficientemente rápidos hacia el aprendizaje en Internet.
Stanford ya lo estaba haciendo, Harvard, Yale y el M.I.T. también. Pero Virginia parecía rezagada. De hecho, justamente esta semana, fue anunciado que Virgina, en conjunto con otro grupo de universidades, firmaron un contrato con una compañía llamada Coursera para desarrollar y ofrecer clases en línea.
Pero, ¿puede la educación en línea ser de la mejor clase?
Es aquí que la noción de los estudiantes enseñado a los maestros es reveladora. Como un amigo y colega profesor me dijo: “No solo le enseñas a estudiantes, debes aprender a ellos también.”. Me tomó un minuto – sonaba como si estuviera hablando a través de Huck Finn (Huckleberry Finn, Tom Sawyer)- pero pude entenderlo.
Con cada clase que impartimos necesitamos aprender quienes son las personas que están frente a nosotros. Necesitamos saber dónde se encuentran intelectualmente, quienes son ellos como personas y qué podemos hacer para ayudarlos a crecer. Enseñar, aún cuando tienes a un grupo de unos cien estudiantes, es un asunto de diálogo.
En el curso de verano sobre Shakespeare que estoy impartiendo ahora, estoy trabajando constantemente para resolver qué es aquello para lo que mis estudiantes son aptos para realizar y cómo pueden desarrollarlo. ¿Pueden comprender las formas de las tramas de Shakespeare? Si no, vale la pena añadir una versión fílmica bien hecha de la siguiente obra al silabario. ¿Es línea por línea un lenguaje difícil para ellos? Entonces tenemos que usar más tiempo revisando discursos individuales, palabra por palabra. ¿Son adeptos a entender la trama y el lenguaje? Momento para introducirlos a las complejidades de la interpretación de los personajes de Shakespeare.
Cada clase memorable es un poco como una composición de jazz: está la melodía básica con la que trabajas la pieza, esto definido por el silabario pero también hay una medida considerable de improvisación que va en contra de la formación disciplinaria.
Algo similar se aplica incluso a cursos más largos. Tendemos a pensar que los fascinantes conferencistas que teníamos en las clases universitarias eran talentosos actores que podían estar adelante puntal y extraordinariamente 50 asombrosos minutos en el escenario. Pero yo creo que lo mejor de esos conferencistas es que eran muy hábiles para leer a sus audiencias. Ellos usan medios prácticos para hacer esto -pruebas y trivias, investigaciones y evaluaciones- pero también despliegan algo muy similar a un proceso artístico. Son sobresalientes en sentir el clima de una audiencia. Tienen una suerte de sexto sentido pedagógico. Sienten cuando los escuchas están enganchados y cuando comienzan a escapársele. Y hacen algo al respecto. Cada broma suya resuena. Es una forma de discernir quién está escuchándolos en un cierto día.
Una conferencia larga puede crear también una comunidad intelectual genuina. Los estudiantes siempre seguirán algo a lo que otros se inscriban, y romperán el hielo con una conversación acerca del tema y tal vez desde ese punto seguirán desarrollándolo. Cuando un maestro escucha a un estudiante decir: “mis amigos y yo siempre estamos discutiendo acerca de su clase” se sabe que algo se está haciendo bien. Desde ese punto se revela lo que ha aprendido sobre enseñar, ajustando su método de enseñanza en una forma fluida e inmediata que el profesor en internet difícilmente podrá igualar.
La educación en línea es una empresa unitalla -a la medida de cada estudiante-.Tiende a ser un monólogo y no un diálogo real. El maestro por internet, incluso aquel que responde a los estudiantes vía correo electrónico, nunca podrá tener la inmediatez de contacto que el maestro presente puede, con esta sensibilidad hacia humores y entusiasmos no verbales. Esto es particularmente cierto de los cursos en línea por los cuales las conferencias están previamente filmadas y enlatadas. No importa quien esté sentado allá afuera en el internet observando; el curso es lo que es.
Hace poco vi un curso en línea previamente filmado de Yale acerca del nuevo testamento. Fue un curso realmente bueno. El instructor era hiper inteligente, culto y espléndidamente articulado. Pero el curso no fue extraordinario y probablemente nunca lo hubiera sido. Habían estudiantes de Yale en la grabación, pero la clase parecía dirigida a nadie en particular. Tenía una cualidad anónima. De hecho no había nada que pudieras obtener de ese curso que no pudieras de un buen libro sobre el tema.
Una verdadera clase universitaria memorable, incluso una grande en tamaño, es una colaboración entre maestros y estudiantes. Es un evento de esos que sólo ocurre una vez. Aprender, es en su mejor forma, una empresa colectiva, algo que hemos sabido desde tiempos de Sócrates. Puedes obtener tu conocimiento de un curso en internet si estás altamente motivado a aprender pero en clases reales los estudiantes y maestros se juntan y crean una comunidad viva e inmediata de aprendizaje. Un curso real crea dicha intelectual, al menos en algunos. Yo no creo que un curso por internet logre esto. Internet tiene promesas de aprendizaje para hacer la vida intelectual más estéril y abstracta de lo que de por sí ya es, y además, para maestros como para alumnos, más solitaria.
Mark Edmuson, un profesor de Inglés en la universidad de Virginia y su artículo fue publicado en The New York Times.
Traducción de Francisco Javier de los Santos
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