Política y elecciones: la academia a prueba

¿Qué le ha faltado a la verdad/ para quererla disfrazar…?/ ¿Por qué fingimos confusión / hasta acabar con la razón
-Lo que quisiste ser, Silvio Rodríguez
Elegir una carrera académica implica un largo y a veces, tortuoso proceso de formación. Nuestros maestros, supervisores y lectores nos piden que analicemos teorías, que examinemos su contribución en función con lo que ocurre en la realidad, que las cuestionemos y en su caso, que las desechemos cuando no logran ser consistentes.
Ser académico, además, exige criticar, cultivar la razón, polemizar y conocer puntos de vista contrarios para rebatirlos por medio del conocimiento. De esta manera se está en camino de desmontar las propias creencias. La apertura al diálogo y al debate es una característica de la profesión académica que difiere profundamente de la política en sus códigos de operación. Para el académico, dos argumentos contrarios pueden tener la misma validez mientras que para el político, esto es impensable. El primero desea comprender los fenómenos naturales y sociales mientras que el segundo busca acrecentar su poder para insertarse en el mundo que el académico analiza y para ello, elegirá toda información que lo apoye, nunca que lo contradiga.
El académico clasifica y da nombres a las cosas con un fin didáctico o explicativo, el político, por su parte, asigna categorías para diferenciarse de los otros y en ocasiones, para denostar al contrario. De ahí que se sigan escuchando categorías como “izquierdista”, “derechista”, “neoliberal”, “nacionalista”. Al político le resulta rentable asignar estas categorías y el fin es el mismo: construir una retórica potente – y moral – que le ayude a ganar simpatías y poder. El académico, en cambio, tiene la capacidad de ver que muchas veces las categorías impuestas por el político no tienen ningún significado. Hay personas que se llaman de izquierda y son profundamente autoritarias y conservadoras, mientras que los de “derecha” pueden poseer una preocupación genuina por los individuos y son, por lo tanto, liberales en lo político. Defender los derechos humanos es una posición liberal y suprimirlos ha sido, históricamente, una práctica tanto de la izquierda como de la derecha, del capitalismo y del comunismo. En México, por ejemplo, la izquierda marxista y el nacionalismo revolucionario, de 1925 a 1940, estaban de acuerdo en atacar a los homosexuales. Pronto, los conservadores y fracciones del Partido Acción Nacional (PAN) aprendieron de los “marxistas” y de los “revolucionarios” e hicieron lo mismo.
Hay otras dimensiones y categorías más importantes que nos pueden definir mejor y de manera más plural, pero esta observación no puede venir de boca del político y de su furor, sino del académico, del intelectual. El problema es cuando el “académico” y la inteligentsia empiezan a olvidar las lecciones de sus maestros y abrazan vehementemente las verdades del político como suyas y lo peor, como únicas. No se apresure a mal interpretarme, no abogo por la figura del intelectual sin posición política, sin afinidad partidista e ideológica, sin creencias y valores. Lo que defiendo es la capacidad de los académicos de razonar; de no entregarse como blancas palomitas a lo que dice, hace y cree el caudillo. Si el académico rechaza el ejercicio de pensar libremente y se ahoga en la lógica del político, de su partido y de sus fieles seguidores, habremos perdido una voz crítica e independiente y en las democracias, no sólo es importante que haya elecciones limpias, disidencia, partidos y políticos, sino también el intelectual, el académico solitario que sabe pensar por sí mismo y evita, por su capacidad de razonar, repetir como perico las proclamas de la plaza pública.
¿Han promovido las universidades mexicanas la capacidad de razonar ante lo político y lo ideológico? ¿O, en busca de nuestros sueños, utopías y deseos particulares, dejamos nuestro habitus académico para cobijar la fantasía sobre la realidad? A raíz de las elecciones del pasado primero de julio, de sus resultados y de la reacción de ciertos personajes de la “izquierda”, que primero adoptaron una posición legítima de “limpiar” la elección; pero que ahora parecen no desear eso, sino reventar la elección y asirse del triunfo a como de lugar, me queda la impresión de que algunos académicos le están dando solamente entrada a los argumentos que encajan en el discurso de su candidato predilecto.
Hubo académicos que hicieron encuestas, que proclamaron que había empate técnico entre su favorito, Andrés Manuel López Obrador y Enrique Peña Nieto, después de la elección, atacaron otras encuestas por no atinarle al resultado que logró el puntero, pero, curiosamente, no escuché ni una palabra de sus errores al haber sugerido que había empate técnico. Asimismo, se habla de una favoritismo de Televisa sobre EPN, cosa que claramente todos vimos – mas bien, padecimos – desde hace años, como también vimos la obvia predilección de La Jornada y de otros medios electrónicos por AMLO. Si esto nos parece mal, pues entonces hagamos un cuestionamiento generalizado. Si esta práctica es un principio de la teoría del “fraude estructural o de la “imposición anunciada”, es mala por sí misma, por lo tanto, no deberíamos decir que unos (los que no apoyamos) están mal y los otros (los que queremos que ganen) bien. Mucho menos sensato sería decir que como el poder económico o de difusión de un medio de comunicación es mayor que el del otro, en el caso de los medios de izquierda, todo está permitido.
Las elecciones, sus resultados y la reacción de algunos actores políticos están poniendo a prueba a los académicos y a la inteligentsia mexicana. Se tiene enfrente una gran oportunidad para ser intelectualmente honestos y quizás también impopulares, pero de este tipo de prácticas también se fortalece la democracia. Hay que pugnar tanto por tener elecciones limpias como por contar con la voz del académico crítico e independiente.
Monsiváis, C. “El mundo soslayado”. Prólogo. La Estatua de Sal de Salvador Novo, México: FCE, 2008.






