Primer diagnóstico
El viernes pasado se llevó a cabo la segunda ronda del Examen de Preparación Profesional, una prueba estandarizada de 100 preguntas que sirve de arranque a la Evaluación Universal de docentes y directivos, que este año sólo toca a los maestros y directores de primaria.
A diferencia de la primera ronda del examen, realizada el 24 de junio y destinada a los maestros que ya están inscritos en Carrera Magisterial, la asistencia fue muy baja. En el global de las dos fechas, acudieron 263mil maestros de un universo de 590mil, es decir, el 53%. Sin embargo, sólo considerando a los que no están en Carrera Magisterial y que, por lo tanto, al acudir a evaluarse no están sujetos a ningún beneficio económico, los que efectivamente aplicaron en la segunda fecha fueron el 30% de los previstos.
Es histórico, y amerita varias reflexiones. En primer lugar, el haber logrado aplicarlo en este ciclo escolar tiene un gran mérito, pues las cúpulas del SNTE y de la CNTE, típicamente en desacuerdo, esta vez se coaligaron en los hechos para descarrilar el examen. Ambos grupos hicieron su cálculo político. Desde el principio se sabía que en el territorio comanche de Michoacán y Oaxaca se impondría la voluntad de la Coordinadora por encima del pacto federal, para seguir interfiriendo a los respectivos gobernadores en su posibilidad misma de presentarse como responsables de la educación estatal; queda claro que no lo son, y que cedieron el mandato que los ciudadanos les confiaron en las urnas. Pero en paralelo, el SNTE se desdijo de su compromiso con las fechas de los exámenes, firmado el 1º de marzo, y se metió a una espiral de sabotaje con canalladas dignas de los años 40: yo dije así, a ver si me convences, no hay dinero, no hay garantías, a mí no me avisaron. El efecto combinado, o mejor, el defecto combinado resultó en una coalición de facto en contra del crecimiento de los maestros. En el fondo, unos y otros, SNTE y CNTE detestan la evaluación, porque tienen una aversión profunda a al transparencia, y les llena de temor la posibilidad de que los maestros avancen en su trayectoria profesional por méritos propios. Como agencias de colocaciones y con un constituyente que convocan por los favores que pueden repartir o los castigos que puedan aplicar, quitarles las riendas de la vida de los maestros es algo que –no hay que engañarse- van a pelear con furia y dentelladas.
¿Por qué digo que es un mérito? Porque si aun no habiendo dinero de por medio, e incluso desafiando la desinformación y hasta la posibilidad de represalias, tres de cada diez convocados sí acudieron, entonces tenemos esperanzas. Hay un núcleo duro de maestros que van a sobrellevar la presión y quieren mejorar, entender mejor su propia profesión y honrarla. ¿Los otros siete son chafas y traidores? No lo creo. Algunos lo serán, pero estoy convencido de que la mayoría se paralizó por la amenaza, se descolocó por los correos de sus propios supervisores –en Yucatán, en Veracruz, en Colima- que les indicaron no acudir; pudo más el malo conocido que el bueno por conocer, pues los sindicalistas de la sección o el jefe de sector ahí van a estar el próximo mes, y al inicio de curso, y cada vez que el maestro traiga un tema en las comisiones mixtas de prestaciones, mientras que los buenos deseos o intenciones de los funcionarios, los académicos y las OSCs todavía les resultan lejanas o abstractas a la mayoría de los maestros mexicanos.
La segunda reflexión es que el sindicato y sus disidencias no son buenos aliados. No tienen palabra, y su honor es desechable. Mal hará la administración actual si sigue considerándolos socios, cuando queda muy claro que no les importa restarse a conveniencia de los procesos, aunque exijan con soberbia bilateralidad para los principales asuntos de la educación nacional. Ojalá que el equipo que se prepara para la nueva administración tome nota: no se tientan el corazón ni por los niños, ni por los maestros mismos; intrigan, desvían la atención, engañan, se hacen omisos. También es un primer diagnóstico para la sociedad: nadie nos va a regalar una mejor educación para nuestros hijos, y el arreglo es tan corrupto y tan contrario al derecho que el mejor y más inocente avance (en este caso, un plan de profesionalización de los docentes sin ninguna penalización) será ametrallado con inquina, y se salvará de milagro.
Pero felicitémonos, porque 256 mil maestros sí cumplieron, un grupo de autoridades estuvieron a la altura de su tarea, cientos de ciudadanos acudieron como observadores; felicitémonos porque el proceso es confiable, bien diseñado y apunta a reforzar el mérito docente y el logro de aprendizaje. Ya comenzamos.






