Los Presidentes y la universidad

¿Qué le han dejado los presidentes a la universidad? Sin duda, sus decisiones y su actuación han marcado la conformación y desarrollo de[...]

Elecciones 2012, ¿continuidad o cambio?

Eduardo Ibarra Colado*

 Domingo, 1 de julio, 7:30 am. Hoy es día de elecciones, jornada de tensión ante un escenario que todos sabemos incierto y de cuyo resultado depende el porvenir inmediato del país. No es poca cosa, lo intuimos, pues serán las decisiones del ungido y de la clase política que lo acompañe, como comparsa o contrapeso, las que afecten nuestra existencia cotidiana, la de todos los días, esa que se concreta en el acto simple, pero reiterado, de meter la mano en el bolsillo para encontrar o no el bienestar deseado. Cada vez somos más los mexicanos que sabemos que con cada voto emitido incidimos en el probable futuro que nos aguarda, porque sí que importa quién nos ha de gobernar. ¿Será suficiente esta fuerza acumulada? Rumiando estos pensamientos, revisé, como todas las mañanas, las notas y editoriales de los principales periódicos nacionales para reflexionar una vez más sobre lo que nos espera como desenlace de la jornada electoral. ¿Podremos afirmar, ahora sí con toda claridad, que los mexicanos elegimos a nuestro presidente? ¿Tendremos un sexenio peñista como pregonan los “encuestadores”? ¿Viviremos seis años de ese lopezobradismo que entraña dudas y esperanzas? Estas son las opciones, o seguimos en lo mismo o vamos a otra parte, pues nadie cree que se impondrá el régimen “cuchi-cuchi” de Vázquez Mota o que Quadri representa a alguien más que a la maestra.

Al cavilar estas ideas, recuerdo que a lo largo de las últimas siete semanas los medios se concentraron en el proceso electoral sin dar grandes espacios a todo lo demás; la focalización de las elecciones no estaba en el libreto, fue obra de los jóvenes que con su hartazgo revivieron la política y rescataron al México social que se creía extinto en un individualismo pueril e indiferente que, ya lo vimos, no es tal. Los jóvenes mexicanos, no sólo #YoSoy131 o #YoSoy132, sino todos los que no alcanzan las aulas ni los empleos (los que no cuentan y los que no votan), representan esa enorme reserva energética –sin duda más rica y más valiosa que el siempre disputado petróleo– para sacar adelante al país. Sus voces, cantos, alegría e ingenio nos fortalecieron como sociedad impulsando una fuerza que, suceda lo que suceda el día de hoy, dejará su huella indeleble. México ya no será el mismo aunque no sepamos aún, bien a bien, qué será…

Domingo, 1 de julio, 10:48 am. Salgo a votar. Me dirijo a la casilla 0771 en Totolapan, Morelos, armado con mi credencial para depositar mi voluntad en las urnas que pronto dictarán su veredicto. Es la primera vez que no voto en el D.F.; me reconozco ya como morelense y como parte de una comunidad muy distinta de la que conocí en las colonias citadinas de la gran ciudad de los segundos pisos. El ambiente que se respira es sin duda campirano; vecinos que reconozco y saludo acuden también con sus familias a votar; veo muchos niños y jóvenes que observan interesados el proceso sabiendo que pronto también a ellos les corresponderá decidir. Se respira calma y libertad, pues aquí se impone el respeto que emana de la comunidad, de esas redes sociales que, sin necesidad del internet, se conocen y vinculan en la plaza, el mercado, la fiesta y la municipalidad; aprecio el momento como una fiesta cívica que escapa a los dimes y diretes propios de los contendientes. Por supuesto, detalles nunca faltan, pero nada que realmente me haga pensar que se estén haciendo mal las cosas. Deposito mis votos, marcados con el cuestionado lápiz electoral, y me retiro con la certeza de que todo sucede con normalidad.

Domingo, 1 de julio, 12:29 pm. Me encuentro ya, nuevamente frente al monitor. Mañana publicamos, como cada lunes, el Semanario LAISUM. Hay que trabajar duro para tenerlo a tiempo. En eso andamos. Mientras selecciono las notas de la semana, vuelve a rondar en mi mente la pregunta sobre la importancia de la elección. ¿Por qué es importante la elección del Presidente? Sin duda, sus decisiones y su actuación han marcado la conformación y desarrollo de la universidad y, con ella, de nuestras vidas como estudiantes, como universitarios y como nación. Lo que hoy se decida macará también nuestra existencia concreta al traducirse en decisiones que orientarán el curso de la educación, la ciencia y la cultura en lo que resta de la década. Estos pensamientos mi incitan a viajar por el túnel del tiempo y a recordar cómo viví sexenios anteriores desde que comenzó a forjarse, titubeante, mi consciencia ciudadana. Vale la pena recordar para responder, desde nuestra memoria subjetiva, qué le han dejado los presidentes a la universidad.

Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). En octubre de 1968 rondaba mis once años de edad. Era un niño que se ocupaba de todo menos de la política, pues la política era tema, en todo caso, de los mayores. Aunque mi mundo se movía entre rompecabezas y canicas, los hechos del 68 tocaron a la puerta de mi curiosidad, pues la represión y el asesinato no eran asunto de todos los días; a pesar del hermetismo de los adultos, los comentarios, expresados siempre en voz baja, se filtraban hasta mis oídos. Retumban en mi consciencia las preguntas del momento: “¿Qué pasó? ¿Por qué mataron a los estudiantes? ¿Qué es un comunista? ¿Va a haber juegos olímpicos? ¡Uf! qué alivio.” Tres años después, mi ingenuidad infantil dio paso a mi curiosidad adolescente, que se vio sacudida por La noche de Tlatelolco, que encontré entre los libros de mi papá y que leí y releí con incredulidad e indignación. Me decía a mí mismo, “tal vez sigo aquí por los siete años que me separan de la universidad”. Nunca volví a ser el mismo. Para Díaz Ordaz la universidad fue su gran enemiga y su enorme fantasma, y los jóvenes –considerados como manipulables e inmaduros (calificados hoy como acarreados y porros)– un mal a combatir.

Luis Echeverría Álvarez (1970-1976). Cambió el rostro, permaneció la esencia. Recuerdo las imágenes. Se desplazó la horripilante dentadura, propia de los primates más primitivos, por la imagen más pulcra de un hombre de amplia frente que parecía menos arcaico, más racional. Sin embargo, en 1971, mientras leía a Poniatowska, se produjo el halconazo, otra vez la represión, el encarcelamiento y la muerte; quedaba claro que estábamos frente al camaleón, la misma hechura, la misma larga lengua y los ojos desorbitados, pero con un traje de otro color. A estas alturas era ya claro que los jóvenes habían irrumpido en el escenario nacional; su número seguía creciendo y hacia de la educación superior un espacio que se amplificaba. Enviado el mensaje represivo, propio del “presidente rudo y mezquino” que debía quedar atrás, pronto se proyectó su contraparte, el “presidente comprensivo y bondadoso” que destilaba esperanzas vociferando que con él ¡arriba y adelante!, lo que se tradujo en mayores asignaciones presupuestales, pues estábamos en jauja, y aparentando ser apacible reconciliador. Yo me preparaba para ingresar a la universidad. Fue en 1974 cuando, entre otras medidas de impulso a la educación superior, se creó la UAM, institución a la que ingresé unos meses antes de que terminara esta presidencia “tercermundista”. Para Echeverría la universidad fue uno de los conductos para construir su legitimidad, pero nada más.

José López Portillo (1976-1982). En estos años me concentré en el estudio; el eco de mis recuerdos me conduce más a la actividad sindical universitaria y a los sonados conflictos en las entonces llamadas “universidades democráticas”, que a las acciones de gobierno para favorecer la educación o la ciencia. El lopezportillismo se hizo notar por otros asuntos, desde su condición como “administrador de la abundancia” debida al boom petrolero, hasta la sonada nacionalización de la banca al final de su mandato. ¡Ah!, y por supuesto, cómo olvidarlo, por encumbrar al “negro” Durazo, jefe de la policía que edificó el Partenón como monumento inaudito de la inmoralidad del régimen, de esa corrupción que seguimos padeciendo hoy bajo formas menos pueriles, más sofisticadas. En mi memoria retumba aún ese “la solución somos todos” que se dibujaba en cada barda disponible, a pesar de que el espigado candidato de largas patillas competía solo; “vaya democracia la de entonces”, dirán sorprendidos los jóvenes de hoy. Años después me percaté de tres hechos relevantes en este sexenio: la creación del Conacyt, el impulso de la planeación de la educación superior y el establecimiento del marco legal para regular las relaciones laborales en las universidades autónomas. Vistas a la distancia, no son poca cosa para explicar la universidad que hoy tenemos.

Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988). Estos años son, en mis recuerdos, ambivalentes. Del lado positivo se encuentra mi ingreso, como académico, a la UAM y la finalización de mis estudios de maestría; fueron mis tiempos de más gratos recuerdos, pues predominaba el trabajo en equipo, el compañerismo, las ganas por hacer bien las cosas y el impulso conjunto de proyectos académicos que dejaron su marca. Sin embargo, del lado negativo, cómo olvidar el fuerte deterioro salarial que sólo fue llevadero, para algunos, con la creación del Sistema Nacional de Investigadores en 1984. De la Madrid “Hurtado” propuso la “renovación moral”, acaso para extirpar del imaginario social la presencia imponente del “negro” y sus tropelías, pero también para ocultar bajo dicha bandera los recortes más fuertes a los presupuestos de las universidades y la contención más estricta a los salarios de sus trabajadores y académicos. So pretexto de la crisis económica y siempre en nombre de la “inevitable” austeridad, los universitarios vivimos en carne propia la década perdida, pues el presidente tenía “otros negocios que atender”, no sólo los de índole económica, sino las dificultades derivadas del sismo del 85, que mostró nuevamente que en los momentos importantes México tiene poco gobierno y mucha sociedad. Se trata del gobierno más gris que yo recuerde, pues al “delamadrismo” le importó muy poco el destino de la educación, la ciencia y la cultura. El presidente se dedicó esencialmente a limpiar la casa para impulsar en definitiva un régimen que dejara atrás el papel protagónico del Estado como factor de desarrollo, y sustituirlo con un Estado disminuido –gris como su pregonero– que se plegara a la voluntad de los “mercados”. El banderazo de salida de esta nueva ruta institucional se plasmó en el ingreso de México al Gatt.

Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) y su proyecto transexenal. Salinas sigue fresco en mi memoria, pues fue uno de esos pocos presidentes en la historia del país que se constituyen como figuras polémicas por la relevancia e impacto de sus acciones de gobierno. Para no decir mucho, vale recordar la firma del TLCAN, el asesinato de Colosio y el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Lo recuerdo bien, controvertible a más no poder, desde el momento mismo de la famosa caída del sistema que impidió que Cárdenas escribiera una historia diferente. Su importancia para marcar los derroteros del país es innegable, pues fue el constructor del México neoliberal que pervive hasta el día de hoy. Sin duda, el régimen salinista marca un antes y un después, con políticas de sabores agridulces que en su momento fueron aplaudidas casi por todos, pero que han terminado por ser cuestionadas ante las evidencias múltiples de sus fracasos y promesas incumplidas. El salinismo significó para los académicos universitarios la dulce recuperación paulatina de su poder adquisitivo, aunque haya sido a través de las agrias políticas de pago por mérito que hoy todavía muchos defienden. Algo similar ocurrió con las universidades y sus rectores: la sequía presupuestal delamadrista llegaba a su fin para dotar, siempre con altibajos, de mayores recursos a la educación superior y la ciencia, eso sí mediante procedimientos de evaluación que otorgan recursos extraordinarios a cambio de obediencia, disciplina y renuncia tácita a la autonomía.

En esos años me dediqué a analizar con todo detalle las políticas del régimen, pues resultaba claro, al menos para mí, el daño que provocarían los programas de primas, becas y estímulos al trabajo académico; el precio que hemos pagado ha sido muy alto, pues la competencia por los estímulos dinamitaron el trabajo colectivo y nos arrancaron el control sobre el contenido y organización de nuestro trabajo, y percibía también en las nuevas prácticas gubernamentales de planeación la construcción silenciosa de una estructura de gobierno paralela operada desde la SEP, que eliminó de facto la capacidad de decisión de las universidades sobre su quehacer. Aunque pocos lo aceptan, pues duele reconocerlo, la modernización produjo universidades sumisas y académicos contentos, todo por mayores presupuestos y mejores remuneraciones; y esto no ha cambiado mucho hasta el día de hoy. En La Universidad ante el espejo de la excelencia mostramos la cara oculta de un proyecto transexenal que ha seguido las pautas internacionales para incorporar a la educación superior y la ciencia a la lógica de los “mercados”. Salinas de Gortari será recordado como el arquitecto de esta “nueva universidad” en la que las prácticas competitivas han provocado la fragmentación del tejido social universitario.

Los gobiernos de los tres hermanos, Ernesto, Vicente y Felipe (1994-2012). Estos tres personajes han interpretado durante los últimos 18 años una misma tonada, acaso con variaciones de ritmo y estilo según la personalidad del presidente en turno y las exigencias de la coyuntura. Los hechos importantes se produjeron en otros ámbitos, en la economía, por supuesto, con las privatizaciones del zedillismo y los grandes negocios de los gobiernos panistas, pero también en la descomposición extrema de un país que fue llevado irresponsablemente a una guerra sin fin y sin sentido. En educación superior y ciencia poco extraordinario que recordar; todo ocurrió bajo la lógica de los programas previstos y de acciones rutinarias que conducen a la inercia, además del consabido cumplimiento de las metas sexenales a como dé lugar. Las políticas hacia la universidad se mantuvieron fieles al modelo perfilado en el programa de modernización educativa del salinismo, aunque variaron algunas de sus formas. Las acciones de gobierno mostraron a lo largo de estos tres sexenios cómo se fue consolidando ese férreo control gubernamental hacia las instituciones con sus dispositivos estilo PIFI, y cómo se consumó la innegable sujeción de buena parte de los académicos que, despojados de su capacidad crítica, sólo se preocupan por publicar y por centavear. Entre las instituciones sumisas y los académicos alienados se encuentran, afortunadamente, los estudiantes que, con envidiable claridad, muestran lo que siempre se olvida o no se quiere ver, que la universidad son sus jóvenes y que el conocimiento es un bien público al servicio de la sociedad.

Domingo, 1 de julio, 18:38 pm. Regreso de mis elucubraciones sobre lo que he podido recordar de los ocho últimos presidentes de México; les he compartido tan sólo algunos atisbos a botepronto sobre lo que considero que cada uno de ellos representó en su momento para el desarrollo de la universidad. Lo he hecho porque el resultado de esta nueva elección marcará también, en lo más íntimo, el quehacer universitario de los años por venir. En unas horas más sabremos si se caminará por la ruta trazada a lo largo de las últimas dos décadas o si se otorga la oportunidad y la confianza a un proyecto distinto que promete ser punto de inflexión en el desarrollo del país. A estas horas ya han cerrado las casillas de votación. Esperemos el cómputo y los resultados preliminares.

Domingo, 1 de julio, 23:15 pm. Hace unos momentos, el consejero presidente del IFE, Leonardo Valdés, dio a conocer los resultados del conteo rápido realizado en 7 mil 500 casillas de todo el país. Según tal información, Peña Nieto supera a López Obrador por alrededor de siete puntos porcentuales, lo que lo colocaría al frente de la nación durante los próximos seis años. De confirmarse estos datos, el voto ciudadano habrá favorecido de nueva cuenta la continuidad, dando paso así a 30 años de modernización neoliberal y de alineamiento de la educación y la ciencia a los “designios de los mercados”. En seis años podremos comentar el significado y las consecuencias de la decisión que se perfila de esta elección presidencial.

*Profesor del Departamento de Producción Económica, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco y Director General del LAISUM.

Artículo publicado en Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano (LAISUM).

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