Peña Nieto y el reto educativo
Artículo de José Molina Farro
La exaltación del pragmatismo es
una ideología, no su ausencia.
J.F. Ruíz Massieu
De confirmarse las tendencias Enrique Peña Nieto será el próximo presidente de México. Dice Jorge Volpi en un reciente artículo en el periódico Reforma que no podría votar por un espectro, refiriéndose a este candidato. “Lo veo y lo oigo y no consigo intuir quién se oculta detrás de su cuidada máscara”. Yo agregaría que este baile de las máscaras no es privativo de EPN. El ocultamiento, el enigma, las intenciones ocultas y, con matices, las ambigüedades y vaciedades discursivas son, por desgracia, consustanciales a políticos en campaña en un entorno de “ciudadanía de baja intensidad”. No obstante, por sus implicaciones en el desarrollo nacional, vale la pena detenerse en el tema educativo y el papel del Estado frente al sindicato más poderoso y organizado de América Latina.
Son muchas las voces que recurrentemente han denunciado el desastre de la educación básica del país, las prácticas clientelares, el control vertical y autoritario del SNTE, la deformación del derecho de asociación del magisterio y la laxitud y renuncia del Estado mexicano a su responsabilidad de conducir la política educativa, doblegada a los intereses de las cúpulas sindicales. En su reciente reunión con integrantes del Comité Nacional de Acción Política del SNTE, Peña Nieto dijo cosas que lo definen: “cualquier cambio deberá llevar el visto bueno de los trabajadores y consensuado con ellos… no debe y ni puede ser una reforma que se haga a espaldas de los trabajadores… el sindicalismo es una conquista…me he pronunciado por la evaluación universal, tanto para maestros como para niños…solamente como herramienta de información .” No obstante, en su libro “México la gran esperanza,” EPN va más allá, dice que la evaluación educativa es un mecanismo de rendición de cuentas, que sirve, además, para medir avances y retrocesos en la calidad educativa y poder mejorar la enseñanza y el aprendizaje. Previamente descalificó a quienes advierten un retroceso autoritario con la llegada del PRI, sin reconocer, dijo, el cambio político y democrático que el país ha experimentado en los últimos años. En una reunión con organismos de la sociedad civil, como Mexicanos Primero, Compromiso Social por la Educación, Observatorio Ciudadano por la Educación y otras importantes organizaciones empresariales y ciudadanas, EPN dijo no estar de acuerdo con eliminar la retención automática de cuotas, porque “debilita al sindicato y fragmenta las estructuras sindicales de cualquier agrupación”. Visto así, EPN de ser presidente, difícilmente afectaría los intereses y privilegios de la cúpula sindical y sus cotos regionales. En su mismo libro cita a un experto de la OCDE, Andreas Schleicher, quien “ha recomendado a México dejar de utilizar a los sindicatos magisteriales como una excusa para justificar las deficiencias educativas… es menos un asunto de negociación y más un asunto de apoyo a los maestros”. Todo estaría claro, a no ser porque un político en campaña, aquí y en todas partes, es una imbricación de incertidumbres, sofismas y fingimiento, impredecible hasta que gobierna. El verdadero rostro de Peña Nieto lo conoceremos si llega a la presidencia de México. De sus más íntimas convicciones, habilidades e intereses políticos dependerá en mucho el rumbo y la profundidad de la transformación educativa que exige y demanda a gritos la sociedad mexicana. Peña ha demostrado carácter, temple y arrojo en la adversidad. Lo demostró con creces en la campaña. O se convierte en un reformador que ve en la educación de calidad el epicentro de la reconstrucción nacional o deviene en un restaurador de prácticas deleznables del pasado. Lo que sí vale es preguntarse, más allá de anclajes emocionales, malabarismos discursivos o filias y fobias partidistas, si EPN, como afirman optimistas integrantes de su círculo íntimo, efectivamente está utilizando al SNTE a la más pura usanza utilitarista, como una maquinaria eficiente de movilización del voto, en una competencia que se augura reñida y con altas posibilidades de conflicto postelectoral, esto es, un aliado para la elección y la postelección, pero también como un lastre cuyos vicios habrá que combatir con toda la fuerza del Estado. EPN habría de legitimarse con amplios sectores del país que hoy lo perciben, por su decisión de no deslindarse de “la maestra”, como un político atado a los intereses del más rancio corporativismo corrupto y clientelar. En una entrevista, cuando caminaba la alianza con el Panal, EPN decía que los cambios serían más factibles teniendo como aliado al magisterio. El pragmatismo que se atribuye a Lyndon B. Johnson, “es preferible tenerlos dentro de la tienda para que orinen de dentro para fuera y no de fuera para adentro.”
Estoy convencido que, al igual que AMLO y Josefina, también EPN merece el beneficio de la duda. No le reprochemos su pragmatismo y el jugar con las reglas del sistema priista, muchos de los que hoy son sus opositores políticos- algunos de talla excepcional – también escalaron posiciones por esa vía y han hecho aportes significativos a la democracia mexicana. Como muchos otros, tengo para mí que la restauración del viejo presidencialismo es altamente improbable, no así la conservación de privilegios de viejo y nuevo cuño. Solo la sociedad organizada, informada y alerta, de consuno con una voluntad política indomable, puede empujar los grandes cambios educativos del país. Rescatar la dignidad y la esperanza de millones de niños y jóvenes que exigen un futuro de justicia y bienestar es tarea de todos.






