El reto de educar

María Elena Álvarez de Vicencio Ante la realidad de la globalización, la educación tiene que ser una herramienta que ayude a [...]

Lunes 23 de abril de 2012

Por María Elena Álvarez de Vicencio

En las actuales campañas abundan las propuestas que ofrecen llevar a cabo en el próximo sexenio. Las hay sobre seguridad, sobre atención plena a la salud, la vivienda, sobre el empleo, pero las más numerosas versan sobre la educación. Decía José Martí que educar es poner a la persona al nivel de su tiempo y el tiempo de hoy gira alrededor de la democracia, algunos pueblos ya no se ocupan del tema porque ya la hicieron suya, sólo la viven. Otros apenas la están estrenando y otros más la ven todavía lejana. México se encuentra en el segundo de los supuestos, apenas estamos aprendiendo a ser demócratas y es en este contexto en el que México enfrenta el reto de educar.

Es necesario recordar que la educación debe permitir a todas las personas, especialmente a la juventud, ingresar al mundo de la razón y por ello a la ciencia, a la tecnología y al trabajo, dándole a saber al mismo tiempo que la mayoría de lo que se le enseña es transitorio, que lo importante es aprender a pensar y aprender a aprender por sí solos.

La educación es ante todo preparación para la reflexión. Los seres humanos esencialmente son racionales y los maestros saben que el conocimiento no puede quedarse sólo en la información sino que hay que darle gran importancia al discernimiento, a la discriminación, a la capacidad de analizar los hechos y a juzgarlos para tomar una posición y decisiones sobre los acontecimientos que ocurren o que pueden suceder. Estas destrezas nos serían de mucha utilidad en las presentes campañas, no sólo a la Presidencia de la República sino también de los estados que van a tener comicios electorales.

Ante la realidad de la globalización, la educación tiene que ser una herramienta que ayude a universalizar la visión que tenemos del mundo, pero sin que se pierdan nuestras raíces más profundas. La educación debe preparar a las personas para vivir con lo efímero y al mismo tiempo, sustentarse en ciertos valores permanentes. Debe servir para entender que la competencia que impulsa y estimula no debe eliminar la cooperación y la solidaridad. La educación debe dar herramientas para enfrentar el futuro con determinadas certezas, pero al mismo tiempo contribuir al desarrollo de los pueblos del mundo ejercitando la paz, la piedad y el perdón.

El mundo actual impulsa y lo condiciona todo al éxito. La imagen que llega y se impone es la del triunfador y para serlo, el estereotipo a seguir es ser eficiente, emprendedor, decidido, hábil, agresivo, dinámico y juvenil. Pero el mundo real no es así y por cada persona exitosa hay miles que deben soportar la angustia del fracaso. Junto a los jóvenes sonrientes también están las personas de la tercera edad, los enfermos, las mujeres empobrecidas y sin posibilidad de tomar decisiones; los humildes y desvalidos. El éxito es comúnmente individual y el fracaso suele ser colectivo. Para sobresalir la norma generalizada es ser egoísta, hay que salvarse por sí solos y sin importar si se hace daño a otros.

Si en el país se generaliza esta forma de ver la vida, tendremos como resultado el egoísmo que rechaza cualquier norma, porque su cumplimiento le implica esfuerzo personal o disminución de sus ganancias. ¿Para qué respetar la ley si es posible corromper y es más redituable? ¿Para qué pagar impuestos si es posible evadirlos impunemente? ¿Por qué no financiar campañas políticas, si ello repercute en beneficios personales o empresariales sin riesgos? Si el país sigue por este camino no se podrá consolidar la democracia.

La moral como rectora de nuestros actos y la solidaridad como estilo de convivencia son temas que se han excluido, tanto en la educación formal que se da en las aulas como en la informal que genera la familia y la sociedad. La exclusión de estos valores ha creado por lo menos dos generaciones de mexicanos que en su mayoría nunca han tenido la oportunidad de reflexionar sobre los aspectos éticos de su comportamiento y la falta de ética en el comportamiento de la ciudadanía también es obstáculo para arribar plenamente a la democracia.

Al constatar el deterioro del tejido social, la corrupción en lo público y en lo privado y la ausencia de responsabilidad social en quienes rigen los destinos económicos, muchos opinan que esta realidad es irreversible y que los principios morales y la práctica de la ética se trae desde los primeros años y que después ya no se adquiere, lo cual afortunadamente se está comprobando que no es del todo cierto y que con programas adecuados de formación en todos los niveles educativos y aún en el desempeño de la práctica profesional es posible no sin esfuerzo, revertir esta omisión en la educación.

El reto de educar para la democracia nos obliga a encontrar un mínimo de principios éticos, que debieran ser aceptados por todos los actuales candidatos; una ética cívica que nos identifique como nación, que nos permita fomentar valores de honestidad, solidaridad, de respeto a la ley y a las creencias de los demás, que nos unifiquen con nuestras diferencias políticas y sociales para lograr un México unido en la democracia.

Secretaria Ejecutiva del Inmujeres
melenavicencio@hotmail.com

Artículo publicado en el diario La Crónica de Hoy.

  • http://investigacion.izt.uam.mx/alva/ Raúl Alva

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