Miércoles 1 de diciembre de 2010
Por Luz María Ortega Villa
Quienes trabajamos cotidianamente en la UABC, pero fuera de las esferas del poder, percibimos que existen dos universidades: una, la de los “junteros” (como solemos llamar a los miembros de la Junta de Gobierno), el rector, el secretario general, los coordinadores generales y algunos directores; y otra, la de los “mortales”, la de profesores, investigadores, conserjes, estudiantes y trabajadores administrativos.
Físicamente las diferencias son obvias: en una, oficinas alfombradas, computadoras de última generación (que se usan como máquinas de escribir), carros de modelo muy reciente, y otras comodidades; en la nuestra, pisos resquebrajados, edificios faltos de pintura, cubículos minúsculos, muebles de antaño… En cuanto a los procesos, allá, en la universidad “de ellos”, los trámites son ágiles, las solicitudes se atienden rápidamente, los desperfectos se arreglan en el mismo día; acá, tenemos que esperar, y esperar, y esperar.
En la UABC de ellos, el Consejo Universitario es un órgano que debe ser “controlado”, pero del cual se dice que es el máximo órgano de representación de los universitarios, en el que se toman decisiones de manera democrática, por votación de los consejeros que representan a estudiantes, profesores, investigadores y trabajadores administrativos, además de autoridades. En la nuestra, el Consejo Universitario es una figura ornamental, que nada más le da barniz de legalidad a lo que se decide en la universidad “de ellos”, y en el que muchos consejeros universitarios asisten a las reuniones a votar de acuerdo con su opinión personal o según las indicaciones que se les hubieran hecho previamente por su director, donde muchos guardan silencio y no expresan opiniones contrarias por miedo a ser etiquetados como “conflictivos”, disfrutan de la comida que se les da y regresan a su lugar de trabajo, sin informar qué fue lo que pasó en la sesión.
Pero más diferente aún es la universidad que existe en el plano del imaginario. La de ellos es una universidad donde los planes de estudio “son por competencias”; en la nuestra, los planes de estudio están redactados por competencias y seguimos haciendo esencialmente lo mismo que hace años. En la de ellos, muchas asignaturas se imparten a distancia mediante plataformas modernas; en la nuestra, la plataforma sirve para dejarles mensajes a los alumnos y a veces ellos no saben ni cómo “subir” la tarea que encargó el profesor, a quien una rápida capacitación no le permite explotar los supuestos beneficios de la tecnología. En la de ellos, los indicadores han mejorado, hay más profesores con reconocimiento Promep y miembros del SNI, se tienen muchos más programas educativos acreditados; en la nuestra, el reconocimiento Promep se logra sobre todo juntando constancias hasta por respirar, registrando investigaciones mediocres con resultados mediocres, con tutorías que son más que nada actividad secretarial para la reinscripción; y el SNI se obtiene muchas veces haciendo equipos donde uno escribe y apunta a otros dos aunque no hagan nada, donde una ponencia se presenta en tres congresos diferentes cambiándole el título y luego se publica como artículo en la revista donde los miembros del comité editorial son amigos; y el proceso de acreditación de los programas educativos nunca inquiere sobre si los profesores tienen o no competencias para ser profesores, o si los estudiantes tienen o no las competencias que se supone deberían tener.
En la universidad de ellos hay una formación integral del estudiante; en la nuestra, hay capacitación de profesionistas ávidos de conseguir un trabajo que “les dé lana”.
Esas dos universidades se han hecho evidentes en este proceso de sucesión rectoral.
En la universidad “de ellos”, el rector no es elegido por su capacidad administrativa, ni por el mayor conocimiento que tenga de la problemática institucional, ni mucho menos porque sus propuestas de solución sean mejores que las de otros aspirantes. De hecho, parece que poco importa todo ello. Lo que sí parece importar es su filiación, su docilidad para aceptar las condiciones que se le impongan cuando sea nombrado rector.
En esa universidad, la de ellos, el rector se elige según luchas entre grupos, componendas, presiones de funcionarios hacia los directores, iniciativas buscachambistas de directores que ofrecen sus buenos oficios para conseguir esas firmas a cambio de favores, y, sobre todo, a partir de lo que parece una insaciable búsqueda de poder para hacer de la UABC “su” universidad; al menos, la de una parte de ellos, no la nuestra. Pero nos dicen que la designación fue resultado de haber identificado al que tiene los mayores méritos, el proyecto más claro, etc.
En la otra universidad, la “nuestra”, la que no es la de “ellos”, ¿cómo se elige al rector? Se pone en marcha un proceso en el cual la Junta de Gobierno convoca a quienes aspiren a ocupar dicho cargo, algunos ingenuos se apuntan motu proprio, luego se elimina en una primera ronda a los que no tienen posibilidades porque no pertenecen a ninguno de los grupos que se disputan el poder; posteriormente, los candidatos que sí son de uno u otro grupo presentan sus propuestas ante la comunidad universitaria y las van modificando según se van dando cuenta de sus propias deficiencias, de modo que al final terminan pareciéndose todas. La JG recibe opiniones, se reúne un buen día y después de varias horas da a conocer al rector designado, sin que sepamos por qué ni cómo, pero sospechando que en realidad la decisión se debió a que el aliado mayor ayudó al aliado menor.
En la universidad de “ellos”, al conocer la noticia de quién es el nuevo rector unos se ponen felices y otros andan con la cara larga; en la nuestra, sólo quedan la resignación y la expectativa de quiénes serán sus colaboradores y qué “geniales” ideas van a ocurrírseles. Después de eso se hace el silencio, se vuelve a la rutina y ya nadie dice nada.
Dos universidades, las dos muy reales. Y una tercera que quiere empezar a surgir. ¿Podrá lograrse?
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Artículo publicado en el Observatorio Académico Universitario.
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Totalmente de acuerdo contigo, Luz María. Ojalá que las circunstancias actuales de cambio de Rector pudieran servir para constituir un movimiento de transformación de fondo de la institución que durante tanto tiempo ha venido funcionando de una manera sumamente maquillada. Me refiero por supuesto a la universidad de ellos, de los que han venido detentando y defendiendo el poder -como gatos boca arriba- . Con un fuerte abrazo.
Rogelio Arenas Monreal
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